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La nueva normalidad en la nueva Administración

Víctor Almonacid

Secretario de la Administración Local y Experto en Derecho digital

El Consultor de los Ayuntamientos, 29 de Octubre de 2020, Wolters Kluwer

LA LEY 13320/2020

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Resumen

Conferencia principal del Congreso Novagob 2020.

A mis padres, Domingo y Aurora. A mis compañeros y compañeras del Ayuntamiento de Alzira. Y a Mario Alguacil, uno de los mejores profesionales que conozco.

Es un honor para mí estar aquí en… mi casa. Agradezco a la organización no solo la invitación, sino también el ofrecimiento de la posibilidad de dejar mi participación como ponente principal para el año que viene, habida cuenta de que este formato seguramente tiene menos glamour que un salón de actos abarrotado de gente. Pero he preferido mantenerla este año, sin dudarlo, por dos motivos:

  • 1. No tengo ni idea de dónde estaremos el año que viene. Esperemos que mejor, pero quizá sea igual, o, por desgracia, peor.
  • 2. Para mí es un reto, y de hecho creo que soy el apropiado para romper el hielo en este formato telemático. De hecho vamos a demostrar, predicando con el ejemplo, que este formato también tiene sus pros. El principal es su capacidad de llegada. Ayudadme a batir el récord de visitas durante la próxima hora, y también con posterioridad, una vez el vídeo se suba a la plataforma.

A continuación, como técnica para crear un hilo conductor de la conferencia, vamos a desarrollar el acrónimo NOVAGOB 2020. En cada letra desarrollaremos varios conceptos.

N

Mostrar/Ocultar Mostrar/Ocultar Nueva normalidad. Esta es una de esas nuevas expresiones de, precisamente, la nueva normalidad. De todas ellas es la que más nos gusta, por eso la hemos incorporado al título. Tan mala es esa expresión de «fase 0» (y otras como «desescalada» o «distancia social») como atinada es la de «nueva normalidad», Hay que entender bien qué es esto de la nueva normalidad. En la siempre infravalorada «cultura general», deberíamos ir incorporando palabras como zoonosis, ecosistema, o biodiversidad. Hemos alterado el Orden Natural, y esa osadía humana no es un acto que pueda quedar sin consecuencias. Por desgracia, mucho nos tememos que la pandemia no va a ser la última desgracia planetaria que asole a nuestra generación. Al siglo XXI hay que entenderlo. Supone el mayor riesgo y la mayor oportunidad de la Historia. Y el mayor reto, especialmente en una Administración que se resiste a dar esos tan necesarios pasos hacia el futuro. Nunca hubo más problemas, y sin embargo, y en realidad es lógico, jamás fue tan necesaria la eficacia y la eficiencia del servicio público.

Por N también empieza novagob, nosoloaytos (nuestro blog desde hace diez años), nuevadmon (nuestro nick de Twitter, también desde hace una década y apócope de «nueva administración»)... Por cierto, cómo se parecen «novagob» (nuevo gobierno) y «nuevadmon» (nueva administración).

Pero nos vamos a detener en la N de novación. Este es un término clásico del Derecho Civil. Una palabra bonita: «novar», De ella deriva no solo novación, sino también nuevo, novedad... Una noticia es una nueva, una news en inglés. Siempre es interesante cuando entra en nuestra organización un compañero o compañera nuevo. Mejor todavía es ser nuevo en un sitio, o, visto desde otra óptica, ir a un sitio nuevo para ti. Yo me he movido bastante. Soy un firme defensor de la movilidad. Te obliga a mejorar, a salir de la zona de confort. Aún así me he movido mucho menos de lo que hubiera podido porque tengo la suerte de estar bien considerado a nivel profesional y tengo «ofertas», pero siempre he intentado elegir destino con coherencia. ¿Dónde suelo ir? Pues por lo general siempre he ido a sitios que estaban bastante mal. Alguna vez, cuando he ido a un sitio nuevo, me han preguntado… «¿Pero ese Ayuntamiento está bien?»; a lo que siempre respondo: «No, es un desastre. ¿Si no qué pinto yo allí? ¿Qué puedo aportar en un sitio que funcione perfectamente?... Ahora mismo estoy feliz en el Ayuntamiento de Alzira pero no descarto volver a moverme. Eso sí, solo iré a un sitio que me ofrezca teletrabajo (el de tipo mixto, el bueno). No me muevo por dinero, sino por estímulos (profesionales y personales). Llámenme cursi pero quiero ser feliz. El caso es que siempre me he movido adonde he creído que más me necesitaban, y por eso siempre he ido donde había problemas. Mi reto es ese, no es ir al paraíso (que no supone ningún estímulo) ni tampoco al infierno (porque allí hace mucho calor y acabas quemado), sino al purgatorio, y así poder mejorarlo. Y que conste que no siempre lo he conseguido. He visto cómo otros compañeros (muy válidos, que conste) han ido ocupando puestos de trabajo, digamos «de postín», que yo he rechazado antes. Es curioso. Luego hablaré del prestigio…

De novación también deriva innovación. Este es un congreso de innovación. Hablemos de innovar. Ahora, en 2020 (!) algunas personas se manifiestan poseídos por una inspiración divina y empiezan a decir que la administración electrónica comienza por los cambios organizativos y culturales, y que el formato electrónico pasa por redefinir el procedimiento, no en trasladar nuestra pesada ineficacia a una burocracia 2.0. Ha tenido que pasar una quinta parte del siglo XXI, más una pandemia, dos crisis, miles de casos de corrupción y la amenaza de Europa de que si España no se moderniza aquí no van a entrar fondos europeos. Y todo ello con la Inteligencia Artificial y el blockchain mirando de reojo lo que hacemos… En fin. Más vale tarde que nunca. Se puede ganar de penalti en el último minuto. Bienvenidas sean estas «ideas» nada innovadoras si por fin son llevadas a la práctica (al menos por parte de la mayoría). Si por fin el mensaje cala, todo habrá valido la pena. Los innovadores tardíos nos sirven. Otros no llegan a tanto. Están atascados en el debate sobre la entrada en vigor. Ánimo, que también se puede ganar de penalti en el último minuto de la prórroga.

Pero la clave para entender qué es innovación es saber qué es o quién es una persona innovadora. Al fin y al cabo la innovación es el resultado de una acción innovadora por parte de los perfiles innovadores en organizaciones que, por su impulso, acaban siendo innovadoras. A continuación vamos a definir persona innovadora por eliminación.

¿Se puede ser una persona innovadora sin tener espíritu crítico? No. Al igual que no se puede ser una persona innovadora sin arriesgar. Es imposible, como también lo es llevarse bien con absolutamente todo el mundo, o no haber tenido nunca ningún roce con nadie. La iniciativa provoca el conflicto, y aunque luego se solucione poniendo en juego las capacidades para gestionar este tipo de situaciones, al menos se produce. No hay proyectos perfectos ni innovadores siempre felices. Lo idílico no es creíble, es humo. Debemos cuestionarnos las cosas; es la manera de mejorarlas. La crítica, la autocrítica y el conflicto son naturales a los procesos de innovación. No se puede ser innovador (ni público ni de ningún tipo) si uno no piensa por sí mismo. Vivimos en la época en la que muy pocas personas cuestionan las cosas que nos dicen (salvo que lo haga por razones políticas o personales). Es la época de las normas restrictivas que tratan de compensar la falta de responsabilidad individual. La época en la que nos dijeron que tosiéramos en el codo y que saludáramos con el codo también. ¿Nadie más ve que eso no tiene sentido?

¿Quieres ser innovador/a? Sé un poco conflictivo. Al menos en el sentido constructivo del término. Yo me he propuesto a lo largo de los años plantarle cara a lo que creo que está obsoleto o es ilegal e incluso injusto. Dentro de una estrategia general o genérica de impulso de una modernización administrativa, me he propuesto retos concretos más pequeños como hacer desaparecer el papel (o «papeles» específicos como el certificado de pernocta) o hacer de conejillo de indias para que se implante el teletrabajo (hablo de antes de la pandemia). No es vanidad, es simplemente una forma de entender mi trabajo. Y no es fácil. Hay que ser muy fuerte para ser uno mismo. Es aquello de «genio y figura», pero NO hasta la sepultura desde luego. Existen límites personales y de salud que no se deben rebasar. Uno conoce bien sus límites y hasta dónde puede llegar.

Hablando de vanidad… ¿Se puede ser una persona innovadora pero vanidosa? Pues tampoco. Uno no es innovador por tener muchos seguidores en las RRSS. Cuidado con el ego. Una persona innovadora debería ser humilde. Dicen que «es bueno ser importante pero es más importante ser bueno», Sin embargo, uno ve el ego de algunos en las RRSS y se queda petrificado… «Los innovadores tenemos una mirada especial», tuitea algún supuesto innovador mientras publica ese texto acompañado de un selfie con mirada seductora. Automáticamente uno piensa: «¿Hablas en serio? Tú no tienes una mirada especial, tienes faltas de ortografía»,.. Pero no, no va de seguidores. De hecho la palabra seguidor se está desprestigiando. A lo largo de la Historia para tener seguidores debías ir por delante, porque si no resulta literalmente imposible seguirte. Ahora veo a gente que no ha hecho absolutamente nada dando consejos o, peor aún, publicando mensajes de autocomplacencia o puro marketing virtual.

Una persona innovadora no es la que tiene más prestigio. De hecho desconfío de quien tiene una imagen intachable casi tanto como de quien finge vivir en ese mundo idílico que decíamos. La perfección no existe. Veréis. Hace muchos años, al principio de mi carrera, pensaba que el prestigio lo daba el puesto de trabajo. Hay unos puestos muy «chulos» que solo con pronunciarlos suenan prestigiosos. Evidentemente esto no es así. Años más tarde pensé que el prestigio estaba en la persona, en el profesional. Esto lo pensé durante bastantes años. Al fin y al cabo el prestigio se lo gana uno en el día a día con su buen hacer, y aunque el puesto o la organización no suene tan importante, a la postre el profesional puede acabar incluso prestigiando a su organización. Esto es así, y es muy bonito. Pero fijaos… Desde hace poco pienso que hasta este razonamiento puede cuestionarse. Un innovador pertinaz siempre encuentra una fuerte resistencia al cambio. Resistencia al cambio, traducido a relaciones personales, supone tener enemigos. Esto es un hecho, y el que lo niegue es que quizá vive en ese mundo de Alicia en el País de las maravillas. Yo he tenido enemigos que han atacado incluso mi prestigio. Suena injusto: haces un buen trabajo y pero dicen que eres un mal profesional porque desafías su zona de confort (esto último, el motivo real, no lo dicen), con lo que a la postre pierdes prestigio. Es injusto, pero ocurre. Uno no es un buen innovador hasta que no tiene el cuerpo cubierto de cicatrices. Un buen innovador tiene inteligencia emocional (una de las habilidades blandas más importantes), porque la vida le ha obligado a desarrollarla.

Creo que algunos «innovadores» tienen la ambición de ser importantes. El verdadero innovador solo aspira a ser aportante. No se puede ser innovador sin tener ese espíritu crítico. Una persona innovadora no es un «bienqueda», ni un «regalaoídos», Es un activista. La innovación requiere de determinación, y eso implica «chocar», aunque uno no lo pretenda.

En fin, y ahora llega el coronavirus... He visto más innovación pública y cambio de mentalidad las semanas del confinamiento que en los últimos veinte años. Vuelvo a decir que más vale tarde que nunca. Desde hace años utilizo palabras y expresiones como «teletrabajo» o «plenos telemáticos», Escucharlas ahora en boca de todos es una sensación extraña, muy positiva sin duda si no fuera porque su impulso viene dado por una desgracia. Pero ya están aquí y no vamos a dejar que se vayan. Muchos de los más hostiles resistentes al cambio que he encontrado a lo largo de mi carrera, ahora se topan de narices contra lo digital: expedientes electrónicos, algoritmos, teletrabajo… Uno empieza a pensar que existe el karma. De hecho, lo que ha ocurrido con el teletrabajo, después de los palos que me llevé hace tan solo un año por defender a capa y espada esta modalidad de desempeño, es una prueba palpable de que el karma existe. Me han llegado a decir que me alegro la pandemia. Nadie está más triste que yo de que todas estas cosas se hayan impulsado por un motivo tan desgraciado. El error de la resistencia al cambio es centrarse en una persona (un servidor o quien sea), y no en la realidad. La realidad no es un ser humano, es un Dios. Y no se puede luchar contra deidades como el tiempo, la realidad o la evidencia. Esta es una batalla que desde el principio se sabía cuál iba a ser el resultado.

Pero sí, todo ha cambiado. El Parlamento británico, nada menos que la cámara de los Lores, esos señores ataviados con pelucas, se ha reunido de forma telemática. Ahora ya creo que se puede modernizar cualquier institución.

El contexto en el que se desarrolla esta conferencia y este congreso de innovación viene marcado absolutamente por la enorme sombra del coronavirus, al que hemos querido considerar, porque así lo pensamos y también deseamos que así sea, una oportunidad. Otras situaciones negativas han impulsado en el presente siglo la administración electrónica en sus distintas facetas. La crisis de 2008 puso en valor esa vertiente de ahorro burocrático y económico implícita en la tramitación electrónica. Por su parte, ante la explosión de los numerosos e indecentes casos de corrupción, se entendió que un buen antídoto era la implantación de un procedimiento trazable, rastreable y por supuesto transparente. Y de repente irrumpe el coronavirus, capaz de colapsar un país que, cogido por sorpresa, se ve obligado a poner a prueba sus recursos del presente y demostrar, ante una adversidad muy real más allá de simulacros, hasta qué punto estaba al menos mínimamente preparado. Y no lo estaba, salvo honrosas excepciones que hemos visto más en la privada y menos en la pública, porque de lo contrario no hubiéramos tenido problemas en teletrabajar (los empleados públicos), y teletramitar (los ciudadanos y otros usuarios). Muchas medidas se han tomado deprisa y a la desesperada, y tras la crisis habrá que ver hasta qué punto son válidas y susceptibles de ser consolidadas.

Pero la experiencia, pese a todo, ha sido positiva. Ahora el reto es consolidar lo nuevo y «bueno» y desechar de una vez lo viejo y obsoleto. Llevamos más de un siglo con la jornada de siete horas y media al día y unas treintaisiete y media a la semana. Llevamos un siglo midiendo a los empleados por el fichaje. ¿Realmente eso sigue teniendo sentido? No es más eficiente y mejor para todos exigir unas tareas dentro de unos objetivos y, a cambio, flexibilizar la jornada.

O

Mostrar/Ocultar Mostrar/Ocultar La O puede ser de Objetivos de Desarrollo Sostenible, un tema sobre el que no me quiero repetir porque está siendo debidamente tratado en el presente Congreso.

Y la O puede ser, sobre todo de Open, una palabra tiene muchas aplicaciones a la Administración: Open data, open government… Incluso open mind (mente abierta). Y open door, porque debemos tener la puerta abierta también. El gobierno abierto se apoya en la transparencia. No he visto mucha transparencia durante la pandemia...

Sobre «abrir la puerta»… Supone enfocar el servicio público hacia su verdadero destinatario, que es el ciudadano. Ponerlo fácil. No crear dificultades o agravios. Ahora quiero que escuchéis atentamente lo que voy a decir en los próximos segundos: <<30 segundos de silencio>>.

Disculpadme, es que estaba explicando el silencio administrativo. Quería que sintieseis lo que siente un ciudadano. ¿Puede haber algo más indignante y bochornoso que el silencio administrativo? Que una persona se dirija a la Administración y que esta no se digne a contestarle es absolutamente vergonzoso. ¿Por qué o para quién existimos?

Sobre gobierno abierto… A estas alturas no hace falta repetir la teoría del Open Government, que como sabemos parte de la transparencia para lograr la participación y la colaboración de los distintos actores públicos. Sí insistiré en uno de los conceptos fundamentales del gobierno abierto: hay que rendir cuentas. Hay que decir la verdad. Ni una sola mentira ni una posverdad. Una postverdad es un mentirusco ataó con piedra… Pero creíble, tiene su lógica, de manera que la gente se queda pensando… «Pos será verdad», ¿Cómo puede un gobernante intentar vender gato por liebre? El uso de algunos eufemismos es todo un insulto a la inteligencia.

Mentir o tergiversar no es responsable. Y aún menos responsable es no asumir la responsabilidad. De hecho, los políticos actuales se caracterizan por echar la culpa a los demás. Derivar la culpa es dejar una pregunta sin responder, para que lo hagan otros, pero el responsable debe responder. De hecho responsable viene de responder. El responsable de algo es el que responde de ese algo. Señalar a otro con el dedo es trasladarle la obligación de responder, pero ¿cómo pueden hacer eso nuestros gobernantes? A lo sumo podría hacerlo la oposición porque, aunque no sea muy elegante, al menos pueden alegar que no toman las decisiones.

No podemos tratar a los ciudadanos como si fueran tontos. De hecho tenemos que fomentar una ciudadanía inteligente: formemos e informemos, no ocultemos ni mucho menos manipulemos. La postverdad se abre camino en sociedades poco informadas, que tienen a ser viscerales en sus reacciones y opiniones. No podemos hablar de ciudades inteligentes o móviles inteligentes si no partimos de la premisa de que la sociedad es, al menos, medianamente inteligente.

Sobre open mind... Lo primero que hay que decir es que no se trata solo de tener la mente abierta, sino tener mente. Pensar por uno mismo. La administración electrónica, y sobre todo la «automática», pone en jaque a muchos «jefes» tradicionales. Ellos se alimentan de perfiles de «auxiliar administrativo que no piensa»,.. La resistencia al cambio es propia de mentes cerradas. De hecho las personas cerradas son muy propensas a instalarse en su zona de confort, en su burbuja de tradiciones y verdades asumidas e incuestionables. Somos poco permeables a los cambios. Encuesta de la televisión inglesa. Los ingleses son una sociedad muy tradicional. Hace un tiempo vi un programa de la televisión británica en el que hacían una encuesta un tanto tramposa a los transeúntes. El entrevistador decía: «El gobierno se plantea cambiar la mesa redonda del Rey Arturo por una mesa cuadrada…», La reacción más habitual era «Nooooooo», La gente ni se planteaba que tal mesa no existe y que toda la historia del Rey Arturo es un mito. No existe su espada (Excalibur), ni su reino, con capital en Camelot, un lugar idílico de igualdad, justicia y paz. Ni la Mesa Redonda (cuya forma parece indicar que Arturo era, conforme a la expresión latina, un primus inter pares, que significa 'primero entre iguales'). Ni los caballeros Lancelot y Perceval. Ni los magos Morgana y Merlin. Nada de eso existe pero los ingleses tienen clarísimo que no lo quieren cambiar.

Lo cierto es que sigue habiendo mucho terraplanismo en la Administración. Es el momento de abrir la mente para entender bien el momento en el que nos encontramos y poder dar una buena respuesta a las problemáticas que se plantean. Y una buena respuesta no es, precisamente, negar o tergiversar esas problemáticas. Por ejemplo, ahora parece que la implantación del teletrabajo depende del número de contagios. Más contagiados, teletrabajo. «Mejora la pandemia, a vuestra silla», que un día nos van a atar a ella…. El criterio es, si no os estáis muriendo y no tenéis hijos, a la oficina. ¿Qué lectura de la realidad es esa? ¿Esto es ignorancia, mala fe, o las dos cosas? También he llegado a escuchar que los Plenos telemáticos solo se pueden celebrar durante el estado de alarma, y ni siquiera quienes lo afirman conceden que sean factibles durante la duración total de la pandemia, porque la mayoría del tiempo no estamos confinados.

Abramos, pues, la mente. Las cabezas hay que abrirlas, como los melones. Un melón cerrado no sirve absolutamente para nada. Al final se acaba pudriendo. Pero para abrir la mente es necesario pensar. Un buen razonamiento basado en datos es infinitamente mejor que una simple ocurrencia o que una opinión meramente reactiva. ¿Qué papel tienen los datos en la toma de decisiones en lo público? Por desgracia, un papel poco relevante hasta el momento. Pero para tomar buenas decisiones hace falta disponer de todos los elementos de juicio. Y no de prejuicio…

V

Mostrar/Ocultar Mostrar/Ocultar La V es de… De Víctor, ¿no?

V de valor público. ¿Para qué existe la Administración? ¿Aporta algún valor adicional a la sociedad? Podríamos polemizar aún más estas preguntas: ¿Debe seguir existiendo la Administración? ¿Qué Administración es la que tiene sentido? Definitivamente, una parte de la administración tradicional no lo tiene (burocracia), mientras que otra parte, redefinida, reinventada, mejorada, se revaloriza más que nunca (servicio público). Los servicios públicos nos están salvando el cuello ahora mismo. Acabar de hundir con una desmedida burocracia a las personas que necesitan solicitar, por ejemplo, el ingreso mínimo vital, desde luego que no es necesario.

También podríamos abrir el debate incómodo de preguntarnos qué servicios públicos necesarios y cuáles no lo son. Pero antes… ¿Qué es servicio público? Pues una definición muy simple pero no por ello menos atinada es «servicio al público», Y en esto el monopolio no lo tiene la Administración. Hay que hacer autocrítica. Junto a servidores públicos excelentes, hemos visto funcionarios que no han prestado ningún servicio público mientras que otros integrantes de la sociedad civil, algunos profesionales como camioneros o trabajadores de supermercados o simplemente personas particulares que se han ofrecido a hacer cosas por los demás, sí han sido, más allá de toda duda, un servicio público. Ha hecho más por el interés general este año una persona mayor que haya podido coser 100 máscaras en su casa, que algunos empleados públicos durante toda su vida. Cuando hago este tipo de críticas internas conste que hablo siempre de una minoría, pero esta minoría duele. A mí me duele. Precisamente esos empleados públicos, esa minoría tóxica, son los mayores detractores del teletrabajo ¿Por qué será? ¿Reloj o rendimiento? ¿Horas o desempeño? ¿Fingir o hacer? Estamos en la Cuarta Revolución industrial, y no podemos mantener modelos de la Segunda, máxime si queremos una Administración que cumpla con los principios de eficacia y eficiencia. Algunos tendrán que entenderlo, asumirlo y, si fuera posible apelar a su ética, consentirlo sin mayores aspavientos. Esta es una batalla que no van a ganar. Pero no porque no puedan ganarme a mí o a los que nos movemos en esta línea, sino porque, como dije antes, jamás podrán vencer al tiempo o la evidencia. De hecho es una batalla que ni siquiera debería existir. En este sentido, los Sindicatos también tienen mucho que reflexionar y, al igual que todos, encontrar su rol en un mundo de pandemias y tecnologías 5G. Los sindicatos no pueden quedarse anticuados. Algunos solo piden más dinero y cosas como ayudas para gafas, y además lo hacen sin ánimo constructivo. Ven el teletrabajo como la más terrible de las amenazas, no entran en el desempeño y, por lo general, no están preparados para el debate técnico. Pero las Administraciones no son fábricas, son servicios públicos. Debemos subir el nivel.

Ese valor público o valor añadido es el que dan las personas sobre las máquinas, una vez asumida la necesidad de automatizar tareas rutinarias y repetitivas, precisamente las que no aportan ningún valor añadido. El debate «inteligencia artificial versus inteligencia emocional» (la inteligencia humana), no debería ser una disyuntiva sino una integración, una suma. Debemos fomentar el desarrollo de puestos de trabajo que precisen para su desempeño de las llamadas soft skills (habilidades blandas), como la empatía, la comunicación, la dirección de equipos (o el simple trabajo en equipo), la flexibilidad, y el mismo sentido común, que nos permite resolver problemas complejos manejando la lógica pero sin olvidar la perspectiva humana. Y claro, necesitamos añadir a la nómina el salario emocional para el empleado emocional, ese que es diferente de un robot. Pero no digamos «funcionario», Un funcionario funciona, parece una máquina. Cuando me preguntan si podrían haber robots funcionarios siempre digo que sí. También está el término «empleado» o «empleado público», que sería el que se emplea, tampoco me entusiasma. Por último tenemos «servidor público», Servidor es el que sirve a los demás, el que da un servicio. Me encanta. Me sirve. No imagino un robot que pudiera ser un servidor público. No puede. Ese es nuestro valor.

La V también podría ser de vocación de servicio público. Durante la crisis del coronavirus se ha agudizado la diferencia entre los empleados públicos que lo tienen y los que no. En todo caso esta reflexión impregna varias fases de este discurso…

A

Mostrar/Ocultar Mostrar/Ocultar La A es importantísima…

Por la A empieza nada más y nada menos que administración electrónica. También Ayuntamientos, automatización...

Administración electrónica no es solo tecnología, también implica cambios en la organización y nuevas aptitudes en los empleados. Por eso no nos hemos subido al carro de la expresión «administración digital», por considerarla menos completa. A lo sumo podríamos decir «administración digitotal»… Quede claro en todo caso que la digitalización es la punta del iceberg. La Administración electrónica es sobre todo una cuestión organizativa.

Ser una administración electrónica es lo mejor que le puede pasar a una Administración. Es transparencia, y «rastro electrónico», para luchar contra la corrupción. Es eficiencia, para reducir el gasto público. Es simplificación, para evitar molestias a los ciudadanos. Solo hay una cosa mejor que el expediente electrónico: el no expediente. Y es que no debemos abrir expediente por todo. A la mínima que un ciudadano nos cuenta una historia decimos «rellene instancia», No, más despacio. Quizá podamos ayudar a esa persona hablando con ella y orientándola. Ese es el verbo «asistir» del complicado término «oficinas de asistencia en materia de registros»,

Mucha gente dice que aún no está en vigor… 2016, 2018, 2020, 2021... Esto parece un chiste de José Mota. «Hay que implantar las Leyes 39 y 40… Pero hoy no, ¡mañana!», Y por cierto, ¿qué es implantar? Implantar la administración electrónica no es hacer una llamada a una empresa. No digáis que la habéis implantado por adquirir un software. Luego se hace una nota de prensa y sale en la foto el que hizo la llamada. Qué gran gestión.

Pero más allá de los plazos… ¿Cómo puede justificarse el no estar haciendonada? Administración electrónica es reingeniería procedimental y funcional, accesibilidad, simplificación, automatización, interoperabilidad, seguridad, transparencia, estrategia, comunicación, formación interna/externa, asistencia interna/externa y, sobre todo, cambios organizativos y funcionales... Si estáis esperando tranquilamente no sé qué plazo supongo que es porque ya estáis trabajando todo esto. No lo dudo, aunque para llegar a abril deberíais estar en una fase avanzada... Otra opción es olvidarse de los plazos, debatir menos y hacer más. Olvidaos de los plazos, por favor. Dicen que toda crisis es una oportunidad. Sí, pero esta no es UNA oportunidad normal, es LA oportunidad. Puede que la mejor que vamos a tener nunca. Ojo que hay un momento anterior en la Historia en la que la Administración no existía, y os aseguro que el ser humano sobrevivió. Quizá haya un momento en el futuro en el que tampoco exista, al menos no tal y como la conocemos hasta ahora. Soy un firme defensor del servicio público, pero no de la burocracia ni de las instituciones obsoletas en general.

¿Son ustedes religiosos? Les diré cuál es mi religión, mi credo… Lo cierto es que hay dos cosas en las que creo a pies juntillas, con fe ciega. Una es, en efecto, la administración electrónica y la otra el servicio público local. Tanto lo he creído y lo he (hemos) creado, tanto he vivido y comprobado personalmente todas y cada una de sus numerosas ventajas, que mi discurso en este punto no puede ser moderado, sino extremista, ya que literalmente estoy en el extremo más partidario posible. Nadie es más radical que yo en cuanto a municipalismo y administración electrónica. Escucharán en la televisión y en los debates políticos como unos se llaman a otros «radical», «de extrema izquierda», «de extrema derecha», «un antisistema»… Son corderitos al lado mío. Soy un activista radical de la administración electrónica. Siempre lo he sido y siempre lo seré. Es lo que más me ha caracterizado en mi carrera profesional. Lo que más he hecho y lo que mejor sé hacer. Unos lo ven como una Ley, otros como un proyecto. Para mí es una religión. ¿Y para los demás? Pues creo que para muchos es, por desgracia, una asignatura pendiente. Una en la que deben mejorar. La gente sigue sabiendo poco de administración electrónica. Hace unos años dije, en uno de esos post de humor que de vez en cuando público en Nosoloaytos, que la firma electrónica se desactiva el fin de semana. La inmensa mayoría lo creyeron. Tuve que desmentirlo. Otras veces ocurre exactamente al revés, que no me hacen caso. Yo creo que en realidad es que no me leen, como cuando hablo de «transformación digitotal», que la gente lee digital, o cuando digo que hay que hacer «menores contratos», y no «contratos menores», pero todos entienden lo segundo. Pero no dije eso, de hecho el significado cambia total y absolutamente. El caso es que creo que la gente no entiende o le cuesta mucho entender. Ahora se está empezando a comprender las virtudes del no papel. Pero ya estamos en otro nivel, en el súmmum de la simplificación: el aludido no expediente (ni en papel ni en electrónico).

En fin. Cada vez entiendo menos a los que dicen que la administración electrónica, en plena década de los 2020, es, en efecto, deseable, pero que siendo realistas no es posible implantarla. Yo creo que la ven como un unicornio. En realidad es un caballo, y de nosotros depende que nos lleve en un agradable paseo o que se desboque...

Reivindico vivamente la administración electrónica. Pero mis «enemigos», por así decirlo, no son los que la desconocen (a quienes siempre he estado encantado de formar), sino los que la rechazan. Los que la odian sin conocerla, pues eso, son puro prejuicio. A los que odian ese desastre pseudoelectrónico que se ha mal implantado en algunos sitios, a esos los entiendo más. Pero que no digan que la administración electrónica no funciona. Lo que no funciona es «eso», esa remezcla de papel y digital, esa espantosa tramitación híbrida, esa implantación sin gestión (sin simplificación, ni formación, ni información, y sin pensar, para nada, en el ciudadano…) de una Ley que nunca se ha entendido, y de una filosofía que nunca se ha compartido. Lo que no funciona, en absoluto, es esa burocracia electrónica, o mixta, que es incluso peor que la del papel. La administración electrónica se puede implantar, algunos lo hemos hecho. Y algunos ya son bastantes, por supuesto no solo yo, no solo «nosotros» hablando de las organizaciones en las que he trabajado. Tras más de veinte años de experiencia, precisamente en esto o enfocados a esto, uno conoce la metodología, y si bien no existe una fórmula mágica, sí pensamos que podemos encontrar ese equilibrio entre planificación y operatividad, esa heterodoxia con una pizca de improvisación.

Digamos también algo de la A de Ayuntamientos. Rara vez verán la cara de un político municipal en los medios de comunicación más importantes, salvo quizá los Alcaldes de las grandes ciudades. En esos medios ustedes verán al Presidente del Gobierno, a un Presidente autonómico o a algún Ministro. También verán un sinfín de periodistas tomando notas o grabando sus declaraciones. Pero lo cierto es que nosotros los Ayuntamientos somos los que acabamos tramitando medidas como el famoso ingreso mínimo vital, ya aludido. Hacemos hasta de gestorías respecto de algunos trámites para otras AAPP. Una persona no va al Ministerio, acude a su Administración más accesible… Soy absolutamente municipalista. Es la Administración en la que creo: la más próxima, la más cercana. La que está sacando esto adelante con la pandemia. La que más mérito tiene, porque cada vez tenemos que hacer más cosas con menos recursos. Por eso no podemos comportarnos como si nuestro cliente fuera el procedimiento, porque son las personas, y necesitan de nosotros ahora más que nunca.

Y la A, in fine, es de automatización. Automatización de trámites, de rutinas, de tareas, incluso de puestos de trabajo, no ocultemos la realidad… Esto es algo que la resistencia al cambio tendrá que asumir. Desde el punto de vista de los recursos humanos de las organizaciones públicas, debemos entender que la inteligencia artificial no es la nueva inteligencia, sino una nueva inteligencia que puede ayudar mucho y que desde luego ni puede ni debe sustituir a la inteligencia humana. La complementa, la ayuda. Pero por algún motivo estamos intentando frenar eso. Algunos mienten cuando afirman que las máquinas vas a enviar a media plantilla al paro (¿acaso no es extremadamente sencillo de entender que una cosa es amortizar un puesto y otra muy distinta «despedir» a un trabajador?). Otros le están pidiendo a la IA lo que nunca le pedimos a los procesos tradicionales. Esta película ya la he vivido: desde hace años se le ha pedido a la administración electrónica lo que no se le ha pedido, jamás, al papel. Y me parece bien, pero alcanzado un punto tan alto de exigencia diríase que lo que se pretende es desprestigiar o dificultar la modernización. La seguridad jurídica, la fiabilidad, nunca será total, el «algoritmo ético» nunca será perfecto ni justo en todos los casos y supuestos… Pero que nadie diga que un papel matasellado o firmado por un ser humano es más confiable que un certificado generado a partir de evidencias encontradas en una base de datos o archivo electrónico, porque esto es absolutamente falso.

G

Mostrar/Ocultar Mostrar/Ocultar G de gobierno, gobernanza…Un gobierno que tiene que ser abierto, como ya hemos afirmado. Por su parte el término gobernanza, debemos aplicarlo exactamente en el sentido de la definición que da la R.A.E: «Arte o manera de gobernar que se propone como objetivo el logro de un desarrollo económico, social e institucional duradero, promoviendo un sano equilibrio entre el Estado, la sociedad civil y el mercado de la economía», Esta es una palabra que debería grabarse a fuego cualquier responsable público.

Pero nos detendremos en la G de gestión. Ahora ya no se gestiona. La legislatura entera es una campaña electoral. Y no una campaña precisamente constructiva, sino una de tipo «sucio», de echar las culpas los unos sobre los otros. Yo he visto hacer oposición incluso al equipo de gobierno. Pero cuando eres el responsable de la gestión ¿contra quién reclamas esas medidas? ¿A quién exiges responsabilidades? ¿Cómo se puede gestionar tomando decisiones a salto de mata? ¿Cómo se puede hacer política opinando sobre todo de manera capciosa y muchas veces incendiaria? Facta, non verba. Usted gestione, rinda cuentas y nosotros opinaremos. Usted gobierne. Después hablaremos de «buen gobierno»,

Observo con tristeza que nuestros políticos están absolutamente fuera de la realidad. Congreso de los Diputados, 2020… Uno pide que la Ley de contratos permita contratar electrónicamente como si hubiera descubierto la rueda y el otro dice que lo va a estudiar, porque eso efectivamente podría agilizar el procedimiento. Ahora se habla de acelerar la contratación pública porque de lo contrario se perderían las ayudas europeas. Siempre hacemos lo que hay que hacer en el último momento y por la fuerza. Eso en el mejor de los casos. Si fuéramos decentes devolveríamos todas esas ayudas, o no pedirlas, porque en el fondo, y salvo honrosas excepciones, no hay proyecto. No tenemos nada subvencionable porque nada, o casi nada, se ha hecho.

Señoras, señores… Estamos en plena pandemia mundial. Esto es extremadamente grave. ¿Quién nos va a sacar de esta? ¿Los políticos o los científicos? ¿Los que mienten constantemente y manipulan o los que manejan datos objetivos? ¿Las ocurrencias y las opiniones subjetivas o incluso sectarias, o las evidencias científicas y neutrales? ¿Los «listos» o los inteligentes? España es un país donde en tiempos de pandemia aumenta el frenesí político (tensión, enfrentamiento) por encima de la gestión. Me parece francamente lamentable. Estamos aquí para resolver los problemas de la gente, no para marearlos con charlatanería barata, y muchísimo menos para crear nuevos problemas, que los que hay ni son pocos ni son leves.

Antes hablábamos de ciudades inteligentes y ciudadanos inteligentes. Completarían la ecuación los gobiernos inteligentes, responsables de una gestión inteligente… ¿Pero cómo va a ser inteligente la gestión si sus máximos responsables son unos auténticos ignorantes? ¿Cómo conseguir el interés general si nuestros políticos son moral e intelectualmente tan pequeños?

Y hablando de pequeños, tenemos que la G también es de grandeza (todo lo contrario). Tenemos palabras similares que también ilustran este concepto: ejemplaridad, integridad, vocación, lealtad, generosidad, solidaridad, compañerismo, responsabilidad, valores…

Pero la grandeza no solo es exigible a los gobernantes, ni mucho menos, sino a todos y cada uno de nuestros responsables públicos. No tienen grandeza los que se quejan constantemente. El día que trabajemos por objetivos se quejarán menos, porque en parte lo hacen para aparentar que van muy atareados. Ser empleado público es un privilegio absoluto. Yo vengo del mundo del deporte y he visto muchos casos de gente que no saber perder, pero también de gente no sabe ganar. Todos los que estamos aquí somos, en el fondo, ganadores. Pero luego en la Administración encontramos mucho quejica.

Ni tienen grandeza los que nunca ceden en una reunión, los que solo hablan para sentar cátedra o para tener razón, porque grandeza también es saber negociar.

Grandeza, nobleza, calidad humana, bondad, compañerismo, humildad… Valores en definitiva. Supongo que recordáis que cuando accedemos a la función pública hacemos un juramento o promesa… Yo ese juramento lo hice de verdad, de corazón, considerando su sentido más amplio, con lo que todo eso significa. Y me consta que muchos de vosotros lo sentís exactamente igual.

Si un empleado de atención al público tiene grandeza o no, eso se ve en sus maneras, en su estilo. Todos conocemos la forma en la que contestan los chatbots y asistentes virtuales. Siento lástima al comprobar que muchas veces estas máquinas tienen más clase que algunas personas. Si no somos más humanos que un chatbot no nos quejemos de la automatización y la robotización.

¿Y cómo detectar la grandeza (o ausencia de la misma) de un empleado jurídico técnico? Personalmente me gusta empezar los informes por los principios generales del derecho: eficiencia, buena fe, confianza legítima, para ir descendiendo. También me agrada citar el art. 3 del Código Civil (LA LEY 1/1889), que dice que las normas se interpretarán de acuerdo con la realidad social del momento. Sin embargo hay funciosaurios que empiezan (y casi acaban) citando un reglamento absolutamente sectorial, donde encuentran un artículo perdido, seguramente el menos posibilista. Su informe, por supuesto contrario a la iniciativa que se trata de impulsar, se basa totalmente en ese artículo. Mejor dicho, en el párrafo tercero de ese artículo (sí, siempre es el tercero).

¿Y cómo se alcanza esa grandeza? Solo puede llegar a ser grande quien sabe que no lo es, porque el punto de partida es la humidad, pero tiene la firme voluntad de crecer. Solo se puede ser grande reconociendo que se puede mejorar, y para mejorar se debe cambiar. Sobre la resistencia al cambio debo decir que he detectado que a la gente en realidad no le importa cambiar en sí, lo que no le gusta es perder con el cambio. En España hay resistencia al cambio porque es un país corrupto.

Y aunque suene desde luego menos grave que la corrupción, evidentemente tampoco favorece a la grandeza esa la cultura social y administrativa española de criticar a los demás. Por el contrario, grandeza también es prestigiar a los demás: tu administración, tu colectivo, tus compañeros… Yo quiero decir, una vez más, que en el Ayuntamiento de Alzira tengo los mejores compañeros del mundo. Ahí está todo lo que hemos hecho en los últimos años. Nada así puede salir sin un gran trabajo de equipo. Pero en las AAPP se critica mucho a los compañeros… ¿Acaso los que lo hacen no saben que no hay nada más bonito que poner en valor a los demás?

Grandeza es vocación de servicio público. Prestar un buen servicio es difícil. Como ya he dicho, los Ayuntamientos cada vez tenemos que hacer más con menos. ¿Saben cuánto se va a consignar para innovación en el Presupuesto 2021? Evidentemente no mucho. El presupuesto es la máxima expresión de la gestión política, y ahí siempre se ven políticas reactivas (y por eso también hay muchas modificaciones presupuestarias) y no preventivas. ¿Pero si no consignamos nada dónde van a encajar las ayudas europeas que no son del 100%?

Grandeza es ser trabajador. Estos son tiempos desgraciados, en los que solo cabe seguir e intentar estar a la altura de las circunstancias. En 2020 cada uno ha mostrado su verdadero rostro. Nos dijeron que la pandemia nos haría mejores, pero yo he visto a los buenos haciendo el bien y a los egoístas preocuparse únicamente de ellos mismos. Imaginen lo mal que me sienta personalmente, como defensor a ultranza del teletrabajo que soy, que algunas personas se hayan aprovechado de la coyuntura para hacer el vago en casa. Evidentemente el que es vago teletrabajando ya lo era en régimen presencial. Las personas no cambian porque les cambies el escenario. Eso sí, insisto en que durante la pandemia se han agudizado las diferencias entre productivos y rémoras.

Grandeza es confiar en los demás. Lamento tener que decirlo de nuevo pero yo sigo estupefacto con lo del certificado de pernocta que pide el INAP a los ponentes. Un funcionario al que le pedí explicaciones me dijo: «Claro, porque imagina que vienes a Madrid, duermes en casa de un amigo, y luego nos pasas la cuenta del hotel», Claro -le contesté-. Imagina tú que voy a Madrid (porque me habéis llamado para impartir un curso, por cierto), llamo a un amigo para dormir en su casa (algo comodísimo para todos, habida cuenta de que ese amigo tiene una familia y seguro que le viene genial meter en su casa a un tiparraco un martes por la noche, para cenar con su mujer y sus hijos y ver la tele con ellos). Así me ahorro 60 euros del hotel. Pero por la mañana voy corriendo al hotel y soborno al recepcionista para que me haga un certificado de pernocta y me ponga un sello, como fedatario público que es. Le puedo pagar hasta 50 euros para sobornarle, y aún ganaría 10. Es más, imagina que mi amigo fuera el recepcionista. Le pediría un segundo favor: que me sellara el certificado y me ahorraría los 60 euros. Eso sí, luego vosotros tendríais un certificado pero no un recibo de pago con tarjeta, que es muchísimo más fehaciente por cierto. ¿Por qué no pedís eso? O ¿por qué no pedís factura del hotel? ¿O por qué no pedís nada? «No te entiendo», me dijo entonces el funcionario del INAP. «Nada, simplemente te decía que no voy a ir», En definitiva… ¿Cómo podría impartir un curso de liderazgo sin ser capaz de rebelarme ante esta burocracia tan absurda? Ya lo dijimos antes: espíritu crítico. Y aviso a navegantes: sin espíritu crítico no vais a innovar nada, no vais a liderar nada. Solo podréis liderar el mundo de los arcoiris y los unicornios.

Pero necesitaremos grandeza para mantener ese compromiso con lo público, porque somos servidores públicos. Grandeza para formarse, para desarrollar esas nuevas aptitudes. Por ejemplo las competencias digitales. La tecnología no hay que dominarla, hay que utilizarla. No es tan difícil, solo hay que comprender que nos puede ser útil.

Grandeza para rectificar. Si hemos cambiado para siempre nosotros, por ejemplo en los hábitos de higiene o en la manera de saludarnos... ¿Cómo no va a cambiar la Administración? Los que crucificaban el teletrabajo ahora rectifican. ¿Hipocresía o «rectificar es de sabios»? No me parecieron muy sabios cuando tan solo unos meses antes de la pandemia solicitaron un informe para verificar que un secretario podía firmar de forma telemática. En 2019, sí 2019 señoras y señores, un periodista que no sé de dónde salió o quién le llamó trató de ridiculizarme por esto, refiriéndose a mí en un artículo como el «secretario que da fe pública a distancia», La prensa tiene mucho poder, por eso debe ser ética, la famosa ética periodística. Ese artículo me costó insultos por la calle por «cobrar sin ir a trabajar», ¿Qué es grandeza? Lo contrario de la necedad y la ruindad.

La grandeza tampoco se alcanza siendo un lisonjero («un pelota») o un «bienqueda», Alcanzarás otras cosas, eso sí, porque a la gente le agrada la adulación fácil. Las RRSS se utilizan para decir «Oleee», y «Bravoooo», pero si felicitas siempre o felicitas mucho, esas felicitaciones pierden fuerza. Sin embargo, si aplaudes ocho veces sobre diez lo que está bien, que me parece estupendo, y criticas tan solo un par lo que está mal, en seguida aparece ese rancio corporativismo que quiere taparlo todo. Y por eso los empleados públicos seguimos teniendo la imagen que tenemos. No contéis conmigo para proteger a los que nos dan mala fama. Personalmente me paso la vida poniendo en valor a otros, y por las pocas veces que critico tengo fama de criticón. Debemos empezar a acostumbrarnos a expresarnos con asertividad, y no ser siempre tan políticamente correctos.

Acabaremos este apartado con otros consejos, ofrecidos humildemente y desde nuestra experiencia, que nos permitirían alcanzar un cierto grado de grandeza:

  • No plagiar.
  • No criticar a nadie con nombres y apellidos. Los nombres propios solo deben decirse para ensalzar.
  • Ser humilde. No digas de ti mismo que eres innovador. No es nada innovador ser vanidoso, eso es más viejo que la tos. Hazte a un lado. No intentes acaparar tanto protagonismo. Deja paso a otros.
  • Saber que uno lo está haciendo está mal e insistir en el error, incluso tomando medidas de acoso y derribo contra los «rebeldes»…
  • No creando problemas para hacer ver que los solucionan.
  • No siendo populistas ni extremadamente amables con todo el mundo. Eso es injusto por naturaleza. Es un mal trato disfrazado de buen trato. Seamos asertivos, seamos justos. La definición de Ulpiano de justicia es «dar a cada uno lo suyo», no tratar a todos por igual.
  • No siendo clasistas en la Administración. Algunos tratan de conservar su estatus en base a un supuesto nivel de conocimiento superior. Sin embargo uno de los paradigmas del liderazgo es la comunicación interna. Es mucho mejor explicar, difundir, compartir, por un objetivo común (suponiendo que de verdad uno sepa más). Aquello de «la información es poder» ha mutado a «compartir la información es poder», No debemos retenerla para nosotros, aunque también es cierto que no todo el mundo debe tener toda la información.
  • No cerrando puertas. Los aludidos perfiles «de jefe» son los que nunca dicen lo que, según ellos, hay que hacer. O cómo hacer las cosas para que estén bien hechas. Simplemente esperan a que los demás las hagan, buscando todos los defectos posibles a posteriori, y siempre para plantear un reparo, pero nunca para «reparar», Para reparar el coche vaya al taller.

O

Mostrar/Ocultar Mostrar/Ocultar La otra O es de… Oposición. Esta es una palabra polisémica muy relacionada con la Administración en varias de sus acepciones: oposiciones/proceso selectivo, oposición al gobierno, formular oposición a un acto administrativo mediante alegaciones o recursos, o simplemente oponerse a lo que no es justo... Y es que a veces hay que oponerse. Antes hablábamos del espíritu crítico…

En el otro bando están los que se oponen a la innovación, a quienes siempre hemos llamado resistencia al cambio. Son los que le obligaron a Galileo a reconocer que la Tierra era un objeto plano y estático en torno al cual se movía el Sol; los que, escandalizados, le dijeron a Mozart que sus partituras tenían demasiadas notas; los que reprobaron a Unamuno porque su obra Niebla no era una novela (a lo que él mismo respondió, que, efectivamente, era una «nivola»); los que le dijeron a Queen, especialmente a Freddie Mercury, que Bohemian Rapsody era una locura, una mezcla imposible entre ópera y rock, y desde luego una canción demasiado larga para tener éxito...

En cuanto a las oposiciones, debemos preguntarnos cómo seleccionamos. O dicho de otra forma: si seleccionamos de tal modo que las personas que pueden superar nuestros procesos selectivos son los que van a prestar un mejor servicio público. Evidentemente la respuesta es que no, pero también es cierto que estamos demasiado encorsetados por la normativa. Ojalá pudiéramos seleccionar aptitud y actitud. Alguno se rasgará las vestiduras por lo que voy a decir, pero entre conocimientos y actitud, prefiero actitud. Y ojalá pudiéramos diseñar pruebas para detectar las llamadas soft skills (habilidades blandas), porque las personas que las tienen son los que están llamados a dirigir la Administración. Necesitamos perfiles con inteligencias múltiples que sean capaces de afrontar todo tipo de situaciones y resolver problemas complejos. Pero ahora mismo la dirección está en manos de políticos cortoplacistas y de empollones sin ningún tipo de empatía. Falta desarrollar la figura del directivo público independiente.

Tampoco ayuda, claro está, el tipo de plazas que ofertamos. Si yo saco mil plazas de auxiliar administrativo mucha gente se va a presentar, legítimamente, para ocupar esos puestos de «trabajo fijo», Luego ya veremos lo que hacemos con ellos, pero de momento van a entrar para que les mandemos hacer fotocopias o poner sellos de 8 a 15 h. Estas tareas, por cierto, ahora mismo quedan fuera de la Ley (de la Ley de procedimiento y otras), porque se refieren al papel. En cambio, el talento que busca trabajo en la privada se siente estimulado profesionalmente por convertirse en los perfiles buscados, y les agrada que les quieran a ellos, no siendo tan importante que ellos quieran una plaza. Es prácticamente lo contrario.

Pero en un escenario óptimo, tendremos implantada la administración automática y no sólo electrónica. A nuestro modo de ver, una de las claves del empleo público del futuro a corto y medio plazo es la automatización. La (inevitable) desaparición de los puestos de trabajo mecánicos potenciará el desarrollo de perfiles que requieran capacidades absolutamente humanas: atención al público, liderazgo, resolución de problemas complejos. Puestos directivos, de gestión, todo tipo de puestos de atención al público (mejor «atención a las personas»: asistenciales, OAMR, mediadores, monitores de actividades deportivas, ocio y esparcimiento…). Además, muchos de estos perfiles podrán teletrabajar al menos unos días a la semana o al mes.

Habrá que definir muy bien los puestos y cubrirlos con los perfiles adecuados. Esto provocará la extinción de los funciosaurios. Los sustituyen los funciosapiens.

Mucho trabajo que hacer… ¿Vamos bien? Lo cierto es que no: este año se aprobó la mayor oferta de empleo público de la última década y no vemos demasiados cambios ni en los perfiles ni en los sistemas de selección. Tenemos el dato de que en los próximos doce años se van a jubilar un millón doscientos mil empleados públicos… ¿Cubrimos esos mismos puestos tal cual por nuevos funcionarios o más bien es el momento de automatizar y cambiar las estructuras organizativas y funcionales? Si bien parece de tontos no aprovechar la coincidencia temporal de los dos grandes fenómenos sociolaborales (jubilaciones en masa e inteligencia artificial), de momento empezamos mal porque vista la citada OEP mucho me temo que no vamos a fichar aquello que necesitamos. Y lo peor no es que no tengamos definidos los nuevos puestos de trabajo (de tipo asistencial, de supervisión de algoritmos, de liderazgo, de mediación…), sino que vamos a seguir seleccionando a tremendos empollones que, si por un milagro tienen inteligencia emocional además de memoria, no la vamos a detectar en modo alguno durante la celebración de las pruebas selectivas por lo que habrá que rezar para que posean esta y otras nuevas aptitudes. Si las pruebas selectivas son de tal forma que una inteligencia artificial (por ejemplo, una base de datos con todas las respuestas) podría sacar un diez, entonces seleccionemos directamente a la inteligencia artificial. Sin embargo, lo cierto es que sigue habiendo hueco, y mucho, para las personas en las organizaciones públicas, pero para que hagan de personas, no de calculadoras.

Y es que si nos reservamos el trabajo con verdadero valor añadido no tienen por qué sustituirnos las máquinas. Lo explicó perfectamente Xavier Marcet en un artículo llamado «La suma de inteligencias»: «Pensemos más en términos de hibridación de que sustitución»

B

Mostrar/Ocultar Mostrar/Ocultar La B es de Buen gobierno. ¿Qué es buen gobierno? Semánticamente, gobernar bien. ¿Y qué es gobernar bien? Gestionar bien, de gestión ya hemos hablado. Hacer bien las cosas. ¿Cómo se hacen bien? Empezando por no hacerlas demasiado mal, y a partir de ahí seguir mejorando. ¿Y cómo podemos asegurar ese mínimo de no gobernar mal? No gobernando fatal. Se debe asumir que quien actúa se equivoca, pero en este sentido es mejor el fallo que el error. Un fallo es un error en la ejecución, pero un error es una mala decisión. Y desde luego mucho mejor el error que el fracaso absoluto. Buen gobierno es hacer bien las cosas. Es ese sentido común que da la experiencia y la inteligencia práctica. Es esa diligencia y esa ética que tienen algunas personas a las que podríamos considerar buenos padres, madres, hijos, compañeros, amigos... Ese buen hacer demostrado durante toda la vida del que hablaba Platón en su obra «La República»,

Por tanto, buen gobierno es lo contrario de mal gobierno. Y por desgracia de mal gobierno tenemos muchos ejemplos…

No vamos a insistir en aspectos ya desarrollados como la necesidad de poseer valores. A mí me han preguntado muchas veces si la administración electrónica acabaría con la corrupción. Y mi respuesta siempre ha sido que no, que un funcionamiento electrónico sí que es capaz de atarla en corto, pero que la corrupción desaparecerá totalmente cuando desaparezcan los corruptos. Pero para eso hay que desarrollar una cultura ética en lo público, apoyada en instrumentos como la rendición de cuentas… Quien maneja estos valores y buenas prácticas de gestión ya cumple, sin pretenderlos, la parte de «buen gobierno» de las leyes de transparencia.

Una de las características principales del buen gobierno es que su principal objetivo no es la reelección, sino la resolución de los problemas de los ciudadanos. Las medidas más eficaces suelen ser impopulares, pero un buen gobernante las adoptará.

Por eso un buen gobierno implica menos politización. Más contenido técnico, confianza, transparencia, buena fe, rendición de cuentas. La rendición de cuentas es lo que importa. Un gobernante debería ser capaz de explicar por qué ha tomado las decisiones que ha tomado, y otros ya juzgarán si son erróneas, pero lo serán, en todo caso, en la ejecución o en el acierto, no en los motivos o los valores que me mueven, valga la redundancia, a actuar así. Yo trabajo en lo público. Me puedo equivocar, pero mis motivos nunca pueden ser oscuros. Se permite el error (hasta cierto punto), pero no la perversión. Rendir cuentas es esto: explicar lo que se ha hecho, no intentar blanquearlo para convencer a todos de que la decisión tomada es la buena. Nuestros políticos no pueden ser tan soberbios intentando hacernos creer que todo lo que hacen está bien. Tienen que actuar, por supuesto, tienen que gobernar, pero luego tienen que someter sus decisiones (y, al cabo de cuatro años, su gestión completa) al examen de la ciudadanía.

La rendición de cuentas (junto con la transparencia en sentido amplio y la apertura de los datos) también facilita la participación y la colaboración. Este es el modelo perfecto de gobierno abierto, ese open government del que hablamos antes. La apertura de datos es esencial. La Administración dispone de muchos datos. Y con los datos se pueden hacer muchas cosas: mejorar el servicio público, impulsar la economía, mejorar la calidad democrática. Los datos son una de las claves principales de la moderna gestión pública.

Un buen gobernante también pecará mucho más por acción que por omisión. Impulso, liderazgo, también forman parte del buen gobierno, porque un buen gobierno actúa. La inacción es propia de los malos gobiernos. ¿Acaso es mejor un gobierno que no se equivoca porque no hace absolutamente nada? Aún así es cierto que, en ocasiones, la mejor decisión es no tomar ninguna decisión, y la mejor acción es esperar. Pero en líneas generales un buen gobierno debe ser activo, desde luego.

Un buen gobierno implica una buena gestión, como indicábamos. Pero, salvo honrosas excepciones, no sabemos gestionar y encima nos hacemos trampas al solitario. Alguno cree de verdad que el exceso de contratos menores se justifica por la velocidad en la gestión. Eso es totalmente falso, y, en muchos casos, es ilegal. Lo que hay que hacer es una previsión de nuestras necesidades, y encajarlas en un contrato grande, plurianual, que tenga en cuenta las necesidades de servicios y suministros que son repetitivas y periódicas. A la postre eso se traduce en una velocidad y operatividad total y desde luego no es más rápido ni más barato tramitar un contrato menor cada vez. Lo más rápido es planificar. Planificar es preventivo, y esto es más rápido (y normalmente más legal) que cualquier medida reactiva.

Un buen gobierno tiene líderes que fomentan la aparición de otros líderes intermedios, quizá más «administrativos» o de gestión de equipos. Liderar es generar el cambio, pero no hay nada más estático que la Administración. A veces uno entra en páginas oficiales de entidades o instituciones del nivel de un Ministerio y ve «copiapegas» que llevan ahí 20 años, como los avisos legales adaptados a la Ley Orgánica de Protección de datos de 1999, hoy totalmente derogada. O ve cosas peores… ¡O no las ve! Porque a los que tenemos instalados muchos cortafuegos nos dice que la página no es segura… Y nadie la cambia.

In fine, ¿qué es buen gobierno? El artículo 13 de la Constitución de Cádiz de 1812 (LA LEY 1/1812) establecía: «El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen»…

2020

Mostrar/Ocultar Mostrar/Ocultar Esta cifra nos gusta mucho en números romanos: «MMXX», Y aún será más chulo 2022: MMXXII.

En fin, 2020… ¿Qué les voy a decir de 2020 que no haya dicho ya? Lo he dicho muchas veces, de muchas maneras (verbal, el blog, artículos, RRSS...). Lo he dicho incluso en varios idiomas (castellano, valenciano e incluso inglés). Lo he dicho en prosa, pero como parece que no se ha entendido lo diré en verso:

No es tanto implantar tecnología

como implantar una mejora funcional.

Y también organizacional.

Pero la gente desvaría:

no es cuestión de plazos, de hacerlo tarde o pronto.

Simplemente de hacerlo. Pero hay quien no se mueve.

Lo cierto es que pasa el tiempo y seguimos en el diecinueve.

Parecemos tontos.

El mareo de las fechas de la supuesta entrada en vigor me recuerda a la película «Regreso al futuro», Imaginen que viajan con su DeLorean a 1955 para comprobar que la Administración siempre ha funcionado tan mal como en 1985. Luego van a octubre de 2015 y al menos ven cómo se aprueban las leyes 39 y 40. Les faltó un viaje a 2045 para ver si se habían implantado. Esto de las prórrogas siempre me ha parecido una vergüenza. Al final no se implanta porque no es obligatorio y no es obligatorio porque se ve que no se implanta. Just do it.

Las fechas siempre me han parecido orientativas. No hablo sólo de las prórrogas de la Ley 39. Estamos demasiado condicionados por los plazos: Horizonte 2020, ODS 2030. Lo siguiente será FUTURE 2040 o CLIMALITE 2050… Todo eso está muy bien, pero a la postre siempre acaban llegando esas fechas y luego siempre nos inventamos otra cosa para estar entretenidos y por supuesto no cumplirla. Al mundo le quedan 30 ó 40 años. ¿Cuánto creéis que le queda a la burocracia?

¿Y qué ha significado 2020 para la innovación pública?… Plazos y prórrogas de plazos que, a pesar de todo, llegan a su fin, a pesar de aplazamientos imposibles, una sociedad mayoritariamente telemática, una pandemia que nos obliga a teletrabajar y teletramitar, un avance imparable de la tecnología y de instrumentos jurídico técnicos aplicables a la Administración, como blockchain, fondos europeos que financian este tipo de proyectos (proyectos que en muchos casos se van a urdir deprisa y corriendo precisamente para percibir esos fondos)… Y sobre todo, ya hay muchos casos reales de buenas prácticas: ahorro, eficiencia, transparencia. Predicar con el ejemplo es inapelable. Ya no es cuestión de una opinión contra otra, sino de hechos contra excusas.

El destino nos ha lanzado una indirecta imposible de esquivar, y la sensación, más bien la certeza de que es «ahora o nunca», es ineludible. Por nuestra parte seremos más reivindicativos que nunca, más «radicales», porque la fruta está madura pero necesita un empujón para caer del árbol. Y hablando de árboles, algunos han vivido los últimos años literalmente «subidos a la parra» (o «a la higuera», que significa lo mismo). Es el momento de dar el impulso definitivo, pero habrá que consolidar lo que se consiga, porque en muchos casos durante este 2020 se han tomado medidas «a la desesperada», Es el momento de dar la puntilla y defender algunas ideas con más fuerza que nunca, porque la Administración tiene la mala costumbre de volver a las andadas.

En fin, 2020 lo recordaremos toda la vida. Su impacto en la Administración y en la vida en general ha sido brutal.

Me gustaría despedirme con unos versos de la gran Gloria Fuertes, esta vez sí, una poeta de verdad. No se preocupen, que mejora el nivel. Se trata de unos versos absolutamente aplicables a la Administración Pública y que también podrían tomarse como la definición de lo que es un buen servidor público. Se titula «El cuento»:

Lo primero, la bondad;

lo segundo, el talento.

Y aquí termina el cuento.

Y aquí termina la charla. Muchas gracias.